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jueves, 9 de marzo de 2017

Mussolini era un «obseso del sexo

El Duce, con bastón y sombrero, cuidaba bastante su apariencia externa: encandilar a las damas era su objetivo principal
Los grandes dictadores de la historia, más allá de lo político, suelen esconder algún que otro lado oscuro también en la vida privada. De Adolf Hitler, por ejemplo, se ha escrito bastante acerca de su uso de estupefacientes. En lo que se refiere a Benito Mussolini, sin embargo, cada vez salen a la luz más documentos que certifican las obsesiones sexuales del «Duce» en relación a las mujeres. El último en salir al mercado (aunque apostamos a que seguro habrá uno posterior) lo firma el escritor australiano Richard Bosworth, que acaba de publicar «Claretta: Mussolini’s Last Lover» (en inglés: «Claretta: La última amante de Mussolini»), una biografía dedicada por completo a Clara Petacci, la conocida amante del fascista italiano que permaneció con él hasta el último de sus días y que murió a su lado, fusilados ambos y colgados cabeza abajo para goce del populacho. Se trata de una obra que el autor australiano ha podido desarrollar a partir de la correspondencia mutua entre los dos amantes.
Según lo revelado acerca del libro en diferentes medios italianos, Benito Mussolini era un «obseso del sexo, un enfermo, de comportamientos brutales». Al parecer, durante su adolescencia, el dictador solía frecuentar prostíbulos de su ciudad, algo que le marcó fuertemente en la época adulta. Lo cual explicaría, según el libro de Bosworth, por qué el «Duce» a lo largo de su vida, incluso estando con otras mujeres, trataba de imaginárselas como prostitutas: sólo de esa manera llegaba al goce en sus encuentros íntimos.
En el libro se detalla que para el dictador hacer el amor era sinónimo de violar y que su deseo sexual resultaba insaciable. Según se detalla, en determinadas épocas, necesitaba al menos cuatro mujeres al día para calmar su conducta. Tras la llegada al poder por la fuerza en 1922, mientras la democracia liberal italiana se hundía en su debilidad, sus colaboradores seleccionaban las cartas de las admiradoras como sistema para realizar una criba destinada a saciar sus noches desenfrenadas de lujuria.
El «Duce» se mostraba generoso ante los italianos, pero no desde luego ante las italianas. Según revela el autor el sexo con el dictador transalpino era fugaz: no duraba más de cinco minutos, tiempo en el que él no se preocupaba en absoluto por conocer el grado de satisfacción de sus acompañantes ocasionales. Su manía de grandeza era tal que trataba de evitar a las mujeres fuertes o con cierto espíritu de iniciativa porque era algo que lo anulaba e inhibía sexualmente. Él necesitaba dominar dentro y fuera de alcoba. Según cuentan las crónicas, rechazó las pretensiones sexuales de la princesa María José, la hija del rey Vittorio Emanuele, cuando ésta se propuso seducirle tras un sugerente desnudo. Le gustaba el sexo, enfermizo, siempre que fuera él el que tomara en todo momento las riendas de la relación: una especie de «Cincuenta sombras de Grey» a lo fascista, donde todos los términos de la relación los decidía el propio Duce.
Por si no fuera suficiente, con su amada Clara Petacci experimentó la misma «obsesión» que con el resto de mujeres, pero con una morbosa mezcla de celos. Ella desde luego estaba perdidamente enamorada de él, ya desde antes de que Mussolini la conociera. Cuando tuvo lugar el primer encuentro entre ambos, él ya estaba casado con Rachele Guidi, su mujer oficial, originaria de Predappio, el pueblo natal del dictador presente en la región de Emilia-Romagna. Con ella tendrá cinco hijos: Edda (1910), Vittorio (1916), Bruno (1918), Romano (1927) y Anna Maria (1929). Aún así, dio su consentimiento para que su esposo (que se había casado en primeras nupcias, aunque borró todo rastro de esa unión y del hijo que nación de ella, se viera concretamente con su joven amante.
La rendida Petacci
Según se informa desde el diario británico «Daily Mail», la relación entre Mussolini y Petacci empezó un día soleado de abril, en 1932. En aquel momento llevaba 10 de los 20 años totales que permaneció en el poder como dictador y fundador del fascismo. A principio de los años 30, cuando faltaba menos de una década para el arranque de la Segunda Guerra Mundial el Duce era visto casi como un «apaciguador» en el orden europeo de la época. En esencia, un líder «virtuoso» a los ojos de los italianos y de los líderes internacionales, nada más lejos de la realidad.
Ese día soleado de abril ambos se vieron en Ostia, una localidad de playa cercana a la capital romana. Fue ella quien le reconoció a él: «¡Voy a rendirle homenaje!», le dijo a quien la acompañaba. Y añadió: «He esperado este momento desde hace muchísimo tiempo». Clara Petacci, de hecho, estaba completamente enamorada de Benito Mussolini desde al menos seis años antes, cuando éste fue objeto de un atentado en 1926 por parte de la aristócrata irlandesa Violet Gibson. En aquel entonces Petacci decidió mandarle una carta al que, coincidencias de la vida, seis años más tarde será su amante definitivo. Ella tenía 20 años y el dictador había cumplido ya los 49: «Oh, Duce, ¿por qué no estaba allí contigo?», le escribe mientras le confiesa que le encantaría poner «la cabeza sobre su pecho para oír los latidos de su gran corazón», misiva propia de una mujer absolutamente enamorada incapaz de ver más allá. Una de las frases que escribirá resume cuál era el sentir de esta bella dama que logró el propósitoi de seducirle: «Duce, mi vida es para ti». Seis años más tarde, la joven Petacci tenía la ocasión sentimental de su vida servida en bandeja. Contrariamente a lo previsible, a Mussolini, el obseso sexual, le pareció extraordinariamente atractivo que la veinteañera no estuviera dispuesta, enseguida, a ceder a las prestaciones sexuales del dictador transalpino. Ella se tomó su tiempo y cuando pensó que estaba preparada fue cuando dio su consentimiento.
Cuando Benito y Clara empezaron a verse con regularidad, ella era una jovencita y él un hombre que acaba de entrar en la edad madura. A ella le gustaba llamarlo cariñosamente «Ben» en un contexto donde, sin embargo, Petacci lo definía como un hombre «violento» que disfrutaba hiriéndola con arañazos y mordiscos en los momentos de intimidad: «Quiero hacerte daño, quiero ser brutal contigo», le confesaba. Ella, lejos de ver eso como una anomalía, así le contestaba en las cartas que le enviaba: «Mi grandísimo amor, ¡estabas tan guapo hoy! Has estado agresivo como un león, violento y posesivo». La pasión de la joven y la sexualidad enfermiza del dictador llegaban a lo absurdo cuando ella permanecía extasiada frente a él cuando éste le contaba con todo lujo de detalles todas sus hazañas eróticas, de las que ella disfrutaba al escucharlas. La «erótica del poder», literalmente. Ni siquiera el propio Mussolini era ajeno a su depravación: «¿Por qué mi amor se expresa con este nivel de violencia?», era una de las preguntas retóricas que el dictador plasmaba negro sobre blanco a su amante: «Soy una animal salvaje, pierdo el control».
El principio del fin
El Duce terminará finalmente perdiendo el control, más concretamente de su país, en verano de 1943. En plena Segunda Guerra Mundial, mientras los Aliados conquistaban Sicilia, el rey Vittorio Emanuele III quiere sacar a Italia de una guerra ya perdida y preservar, lo mejor posible, la monarquía. Así pues, convocará al líder fascista y, obligándolo a presentar su dimisión como jefe del Gobierno, sería arrestado por los «carabinieri», la policía militar italiana. El desembarco de los Estados Unidos y el Reino Unido en el Sur de Italia será, para nuestro proatgonista y su amante el principio del fin.
El amor u obsesión del Duce por Petacci acabó definitivamente en abril de 1945 tras la derrota del Eje (Alemania e Italia) por parte de los Aliados: el 25 de abril acababa oficialmente la Segunda Guerra Mundial en Italia. Tres días más tarde, un Mussolini que huía junto a su amante era interceptado en un caminón y posteriormente ejecutado por la Resistencia.
Mussolini era un «obseso del sexo, un enfermo, de comportamientos brutales»
el polémico faro de la «nostalgia negra»
Por el Castillo de Rocca delle Camminate (en la imagen) ha transcurrido parte de la Historia de Italia. Concretamente la que tiene relación con lo que los transalpinos denominan el «ventennio», así pues, los veinte años de dictadura de Benito Mussolini. En esta fortaleza situada en el Ayuntamiento de Meldola, hoy propiedad de la Provincia de Forlí (región de Emilia-Romagna) en 1927 se instaló una luz tricolor –en homenaje a la bandera de Italia– visible a 60 kilómetros de distancia. En 1943 tuvo lugar el primer consejo de Ministros de la fallida República Social Italiana, el proyecto desesperado de Mussolini por volver a tomar el poder mientras los Aliados subían de Sur a Norte apuntando a la victoria de la Segunda Guerra Mundial en el país con forma de bota. El castillo fue un lugar de tortura para los seguidores de Mussolini contra los partisanos antifascistas. Y también residencia veraniega del «Duce», de hecho, las luces del faro se encendían cuando el dictador volvía por su tierra natal. Setenta años después, el consistorio de la localidad está pensando en reactivar la luz del faro con el objetivo de atraer a los turistas, sin ningún tipo de connotación política, aunque la propuesta ya ha provocado una importante polémica en la zona. El motivo, según los detractores, es que el castillo atraiga al turismo «negro», así pues, al peregrinaje de nostálgicos del fascismo. Sin embargo el alcalde de Meldola, Gianluca Zattini, ha asegurado recientemente que «todo el mundo será bienvenido». Lo cierto es que, según se recoge en la mayoría de medios de comunicación italianos, el turismo de la región apuesta para que el faro sea un monumento público visitable por cualquiera, independientemente del desafortunado paréntesis fascista: «La fortaleza posee una historia milenaria, los nostálgicos serán una minoría», afirma el presidente de la junta provincial de Forlí, Davide Drei. Tal es el interés histórico del lugar para los políticos de la zona, que la propuesta de apertura ha sido aprobada por la unanimidad de los alcaldes de la junta provincial, no obstante está controlada por el Partido Democrático, la formación de centro-izquierda que lidera el actual Gobierno italiano.


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